Por: Adriana Ceron y Elihut Vergara

Hay fotógrafos que capturan imágenes, hay otros, contados, que capturan la esencia del retratado. Rogelio Cuéllar pertenece a esta última estirpe. Desde hace más de cinco décadas, su cámara ha sido una especie de espejo secreto que no devuelve sólo la forma de un rostro, sino su latido, su tiempo, su sombra y su fuego.
Desde muy joven tomó entre sus manos la fotografía no como una técnica, sino como una manera de mirar. Descubrió en la lente un modo de escribir con un disparo de obturador, de revelar no lo que se ve sino lo que se esconde detrás del parpadeo. Discípulo de la luz natural, del silencio, del instante que precede a la palabra. Y en esa espera encontró la materia con la que construyó una de las más profundas galerías del retrato en América Latina.
Los intelectuales más importantes del México contemporáneo y el mundo posaron para la lente Cuéllar. Pero más que retratarlos, los ha leído con la cámara. José Emilio Pacheco, Carlos Fuentes, Juan Rulfo, Julio Cortázar, Octavio Paz, Leonora Carrington, Emil Cioran, entre muchos otros: todos pasaron por el lente sobrio y agudo de Cuéllar, que los ha mostrado no como figuras públicas, sino como criaturas humanas, con su vulnerabilidad intacta.
Sus retratos no son poses, ni confesiones, son imágenes en blanco y negro que tienen el peso de la memoria. Parecen suspendidas en un tiempo que no envejece. Hay en su trabajo una voluntad de eternidad, una ternura austera. La luz no cae sobre los sujetos, los acaricia. Y el encuadre es como un poema que sabe cuándo callar.
Además de ser uno de los retratistas más importantes de México, Cuéllar ha trabajado intensamente como promotor cultural y testigo de su tiempo a lado de su compañera de vida María Luisa Passarge. El trabajo incansable de los dos, es una muestra de sensibilidad que va más allá de una relación afectiva, es una relación donde sus trabajos se complementan.
En un mundo saturado de imágenes desechables, la obra de Rogelio Cuéllar nos recuerda que la fotografía, cuando es verdadera, tiene algo de ceremonia. Que el retrato, cuando es honesto, puede rozar el alma. Y que hay fotógrafos que no sólo miran: escuchan con los ojos. Así es su obra: una conversación en silencio entre la luz y el ser.
Aquí la entrevista a Rogelio Cuéllar

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