
In memoriam
En una época en que la velocidad parece devorarse al pensamiento, la figura periodística de Huemanzin Rodríguez prevalecerá como un ejemplo a seguir. Hizo del oficio periodístico no solo un trabajo, sino una forma de vida y una manera de habitar el mundo. Su nombre, que evocaba raíces nahuas y resonancias cósmicas, no es casual: Huemanzin —“el sabio venerable”— haya dedicado su vida a explorar los territorios sagrados del arte, la cultura y la palabra.
A los 9 años, ya sabía de cámaras y micrófonos, no por vanidad, sino por vocación; inició en la televisión cultural como quien descubre un lenguaje secreto: el de la transmisión del conocimiento y de la identidad. Desde entonces, su andar no fue el de un simple comunicador, sino el de un mediador entre los mundos: entre la creación artística y la conciencia pública, entre la memoria y la actualidad, entre el asombro y la crítica.
Canal 22 fue su morada espiritual. Allí fue conductor de noticieros y programas, cultivó un pensamiento visual y narrativo que rompió con la frivolidad dominante de los medios. Su palabra no buscaba entretener, sino despertar. Su estilo fue una resistencia frente al vértigo informativo, propuso profundidad y ofreció contexto frente al olvido. En sus trabajos se percibió sensibilidad, una mirada de quien se acerca al otro sin exotismo ni juicio, sino con reverencia.
En momentos oscuros, cuando la censura tocó la puerta de Canal 22, Huemanzin no se quedó callado, su defensa hacia la libertad de expresión fue clara y firme, como corresponde a quien entendió el periodismo como una vocación ética. Su pensamiento y postura no fueron intimidados, permaneció estoico como los antiguos cronistas, firme pese a las circunstancias adversas, no del espectáculo sino de la esencia.
Entrevistador incansable, dialogó con artistas, escritores y científicos con la calma de quien no interroga para exhibir, sino crea una atmósfera para comprender al entrevistado; su labor en medios electrónicos confirmaron que el pensamiento aún tiene cabida en la era de los contenidos efímeros.
La trayectoria de Humanzin Iyolocuauhtli Rodríguez Méndez no se medirá en años o en programas, sino en algo más sutil como su capacidad de hacer recordar que la cultura no es un lujo, sino una necesidad; que la palabra es un puente y no una frontera; que el periodismo cultural en una forma de amor. En su trabajo se cumple la antigua enseñanza que dice: “La voz del que cuenta es también la del que cuida”.
Descanse en Paz Humanzin Iyolocuauhtli Rodríguez Méndez.

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